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Cuando la muerte no es el final: cine de zombies y el fin del mundo

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En 1990, el mago de los efectos especiales Tom Savini dirigió el remake de Night of the Living Dead, una puesta al día no sólo de los maquillajes sino de los temas de la película original y que, escrita –al igual que aquella– por George A. Romero, en realidad era un intento de su director por recuperar el control de su criatura. La cinta original era de dominio público desde 1968 por un error del distribuidor, pero habría de recaudar 250 veces su presupuesto original, dinero del que Romero difícilmente vio un centavo.

Uno de los cambios más significativos dela versión de 1990 es el personaje de Barbra, la primera en enfrentar un zombie en la película y quien, reducida a la catatonia en la original, es aquí la genuina heroína. Enfrentada a la brutalidad de la que sólo el ser humano es capaz, tiene el mejor diálogo de la película: “Ellos son nosotros,” dice al ver cómo los sobrevivientes han colgado algunos zombies de un árbol, y se divierten tirándoles piedras y jugando con ellos al tiro al blanco. “Nosotros somos ellos, y ellos son nosotros.”

Y es que ninguna película de zombies se trata en realidad sobre los zombies. La recién estrenada Estación zombie 2: Península, secuela de la cinta de 2016, gira en torno a Jung-seok, un exmilitar de Corea del Sur que carga con la culpa de no haber salvado a su sobrino y hermana durante el brote de la epidemia. Ahora, la infección ha sido controlada, y los zombies confinados en la península. El ahora mercenario es enviado de Hong Kong a recobrar un camión abandonado y lleno de dinero: una misión en la que los zombies parecerían ser sólo otro obstáculo a vencer, junto con las milicias urbanas y la propia codicia del protagonista.

Dice el refrán que hay que tenerle más miedo a los vivos que a los muertos, y las últimas temporadas de The Walking Dead o series como To the Lake (Epidemiya, 2019) –el show ruso que Stephen King recomendó con gran entusiasmo en Twitter, y en el que rara vez se ve un zombie– han mostrado que, aunque los muertos los sigan tambaleantes, pisándoles los talones, son los vivos quienes son héroes y villanos, protagonistas y a su vez obstáculos en la lucha desesperada y condenada de antemano por sobrevivir a la propia mortalidad.

cine de zombies
Península, secuela de la cinta Estación zombie: Tren a Busán, es la más reciente apuesta de cine de zombies en la cartelera.

Caminando con zombies

Si el zombie produce horror es, quizás, porque atenta contra la creencia de que aquel que muere está “en un lugar mejor”, de que los pesares terminan en la otra vida. La narrativa del “apocalipsis zombie”, en que la civilización como la conocemos es abatida por una plaga de muertos vivientes, es ya un lugar común. Sin embargo, filmes recientes han dado cuenta de la capacidad de adaptación del cine de zombies: tal es el caso de The Cured (2017) –en donde la cura es para el zombie, no para el prejuicio hacia aquel que se ha curado–; o la francesa La nuit a dévoré le monde (2018), crónica del vacío que el aislamiento voluntario es solo la “nueva normalidad” del fin del mundo.

Y no hace tanto que caminan entre nosotros. En el folclor haitiano se le llama zombie a un cadáver devuelto a la vida por un «bokor”–un hechicero, o una bruja–, y que se encuentra bajo el control de éste gracias a sustancias que, sin causar la muerte real, producen una suerte de coma. Así se ve en películas como White Zombie (estelarizada por Bela Lugosi en el papel del brujo); I Walked With a Zombie y, más recientemente, en The Believers (1987) o The Serpent and the Rainbow (1988), dirigida por Wes Craven y basada en un libro de Wade Davis: el diario de un viaje a Haití en el que esperaba encontrar evidencia de un anestésico llamado Tetrodotoxina, que sería una explicación para esas historias.

La nuit a dévoré le monde (2018), una propuesta innovadora al cine de zombies.

En la tradición de estos filmes, el zombie es un muerto en vida sólo en el sentido en que se le habría dado por muerto tras una breve enfermedad, solo para que un familiar o conocido lo encontrara tiempo después trabajando en las plantaciones de caña de azúcar como un sirviente o esclavo. No sería hasta que Romero rodó la versión original de Night of the Living Dead que eso que en la cinta llama “ghouls”–término tomado del folclor arábico y que refiere a un demonio que ronda en los cementerios y se alimenta de carne humana– habría de abandonar los terrenos de la leyenda para convertirse en prototipo del auténtico muerto viviente.

Si bien la película de Romero respondía al convulso panorama social de los Estados Unidos en la década de los 60, a las guerras de Corea y Vietnam y el movimiento de los derechos civiles, lo cierto es que cada que el zombie se ha levantado de su tumba lo ha hecho impulsado por un apetito particular. Así, el llamado «zombie Romero» entraña un comentario social, una alegoría de la manera en que nos devoramos los unos a los otros en la sociedad capitalista, idea que el director elabora en Dawn of the Dead, la versión de 1978, y en la que la búsqueda de la propiedad evita que la cultura enfrente sus problemas.

Night of the Living Dead, de George Romero, un pilar del cine de zombies.

Así, y al igual que otros muchos monstruos en la historia del género, desde entonces el zombie ha ido evolucionando, adaptándose una y otra vez al zeitgeist de la época. Es una alegoría de la muerte misma, lenta pero segura: débiles y torpes, los zombies se vuelven letales en la medida en que aumentan sus números. El de Romero habría de dar pie a los “zombies correlones” que aparecen por primera vez a finales de la década de 1990, en videojuegos salidos de Japón como Resident Evil o The House of the Dead, y que resultan no sólo más agresivos sino más inteligentes.

 Ese nuevo renacimiento del zombie habría de inspirar películas como Exterminio; el remake de Dawn of the Dead dirigido en 2004 por Zack Snyder, y hasta comedias, como Shaun of the Dead. Sin embargo, no sería sino hasta finales de la primera década del nuevo milenio que, a paso lento pero seguro, cintas como Fido (2006), Wasting Away (2007) o Mi novio es un zombie (2013) habrían de traer consigo la humanización del monstruo, convertido en figura entrañable: en una mascota que entrenar, o domesticar –algo que Romero apunta ya en Day of the Dead (1985)– o incluso en la pareja ideal, que siempre estará ahí para nosotros.

Mi novio es un zombie (2013), subvirtió el cine de zombies al presentar a sus criaturas en el contexto de una comedia romántica.

Más miedo a los vivos

Ya en Estación zombie: Tren a Busan, este apocalipsis zombie era a un tiempo pretexto y telón de fondo del drama que vive Seok-woo, un divorciado adicto al trabajo, cuya hija le ha pedido pasar su cumpleaños con su madre en Busan, Corea del Sur. La fuga de químicos en una planta de biotecnología cercana provoca entonces el brote del virus que se esparcirá por todo el país, y mientras los pasajeros luchan por sobrevivir el trayecto de Seúl a Busan, Seok-woo encuentra la oportunidad de revivir su instinto paternal y redimirse con su hija en un final que era puro melodrama, sí, pero también la razón de ser de la historia.

Dirigida de nuevo por Yeon Sang-ho, Península no es una secuela de esta última porque no es una continuación en sí, aunque tiene lugar en el mismo universo. Asimismo, es más un melodrama familiar y de acción que una película de terror. Si la primera entrega era parte del boom de cine coreano de género que produjo cintas como The Host (Gwoemul, 2006) –aun otra película en la que los lazos familiares son más fuertes que cualquier monstruo– y Seoul Station (Seoulyeok, 2016) –precuela animada que se estrenó poco después de la original–, presagiaba ya la franquicia en ciernes. Esta nueva entrega sólo confirma la condición especular del zombie, pero también la necesidad de ver más allá de ese reflejo.

Nosotros somos ellos. Ellos son nosotros.

Estrenada en Corea del Sur en julio de este año, la cinta se habría proyectado en el Festival Internacional de Cine de Busan, y había sido seleccionada para su exhibición en el Festival de Cine de Cannes, que fue cancelado debido a la pandemia de COVID-19. No deja de ser curioso que, en la situación que más recuerda un apocalipsis zombie, muchos se declaren defraudados por la ausencia de muertos vivientes, cuando bastaría con voltear al espejo para verlos ahí, repitiendo sus rutinas una y otra vez. Como dice Joseph Maddrey en el libro Horror Films of the 1980s: no zombies literales, sino figurativos: “personajes que se niegan a cambiar aunque el mundo haya cambiado a su alrededor”.

Antes de su muerte en 2017 –murió mientras dormía, tras una breve batalla contra el cáncer de pulmón–, George Romero criticaba el hecho de que, incluso después de algo tan catastrófico como lo fueron los atentados del 11 de septiembre, Estados Unidos no parecía ser capaz de cambiar. ¿Y qué se necesita para cambiarnos, se preguntaba? Cuando el final resulta no ser el final, y la vida continúa a pesar de todo, no basta con sólo seguir adelante, avanzando mientras aún podamos hacerlo.

Hay que aprender a vivir en serio.

Aquí puedes leer más sobre lo mejor del cine de zombies.

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